domingo, 8 de mayo de 2011

La última palabra de Fernando Vallejo tendrá ritmo de Guaguancó



En 2003 recibió como parte del galardón más importante de las letras hispanoamericanas, el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, 100.000 dólares, que donó a sociedades protectoras de animales


Mariela Díaz Romero

Colombia: un amor frustrado. La literatura: su oficio porque no le quedó otra opción ante el desempleo. La música: un intento fallido. El cine: un embeleco y una “novelería del siglo XX”. Vivir: el dolor más grande. La felicidad: una falacia literaria. Este es Fernando Vallejo, el más mexicano de los colombianos, ganador del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, en 2003, por su novela El desbarrancadero (Alfaguara, 2001) y defensor a ultranza de los animales.
Cuando Vallejo ganó el Rómulo Gallegos, su amigo, el también escritor colombiano Héctor Abad Faciolince lo llamó a su casa, en México, para felicitarlo. Vallejo, nacido en Antioquia, la región en la que vive Abad Faciolince, le preguntó: “¿Qué estás viendo por la ventana de tu casa?”. Abad le contestó: “Las montañas, Fernando, las montañas”. Vallejo replicó: “Yo también las estoy viendo en este momento, a través de tus ojos”. Aunque Vallejo lleva más de 30 años viviendo en México, pasó su infancia y juventud en su ciudad natal, Medellín, donde nació el 24 de octubre de 1942.
Ciertamente Colombia y sus vicisitudes, las condiciones en las que vive la población asediada por la guerrilla, el narcotráfico y los paramilitares es tema constante en la novelística de Fernando Vallejo, que además de escritor, es cineasta, biólogo y músico.
Sin embargo, Vallejo no asume a Colombia como tema de sociólogos ni de urbanistas o políticos, su vivencia del país donde nació está marcada por la pasión y la nostalgia. Para Héctor Abad Faciolince, la pregunta de Vallejo dejaba entrever su nostalgia, el sentir de un desterrado, “porque uno, viva donde viva, añorará siempre el sitio donde pasó la juventud, es decir, esos años en los que se cultiva la ingenua esperanza de que existe un lugar para la felicidad”, escribió Abad.
Nada más alejado de la esencia de Vallejo que las palabras ingenuidad o felicidad. La ingenuidad de su infancia está poblada de recuerdos de un país que ya no existe: “Colombia es una mezcla de muchas cosas, maravillosas y terribles, como es la vida. Yo he vivido siempre enfermo de nostalgia, pero una nostalgia incurable, porque la Colombia que yo dejé no es la de ahora. La Colombia que yo añoro es la de mi juventud. Esa ya no existe (...) Mientras Colombia iba cambiando por su lado yo iba cambiando por el mío, entonces nos fuimos alejando cada vez más, y ahora el retorno es imposible”.
En mayo de 2007, Vallejo, al recibir la nacionalidad mexicana renunció a la colombiana; en ese momento expresó que esa “mala patria de Colombia” ya no era la suya. “No quiero volver a saber de ella. Lo que me reste de vida lo quiero vivir en México y aquí me pienso morir. Colombia me cerró las puertas para que me ganara la vida de una forma decente (...) y me puso a dormir en la calle tapándome con periódicos y junto a los desarrapados de la carrera Séptima y a los perros abandonados. Desde entonces considero mis hermanos a los perros”. Por esto no fue extraño que los 100.000 dólares que recibió por el Rómulo Gallegos los haya donado a instituciones venezolanas protectoras de animales, entre ellas, la fundación caraqueña Mil Patitas.
El autor de la saga autobiográfica El río del tiempo (1986 – 1993, que comprende seis novelas) también escribió las biografías El mensajero (1991), y Almas en pena, chapolas negras (1995), ambas abordan la vida de dos grandes poetas colombianos: Porfirio Barba Jacob y José Asunción Silva, respectivamente; además La virgen de los sicarios (Alfaguara, 1998), una de sus novelas más importantes e iniciadora de la llamada “sicaresca antioqueña” por reflejar el clima de violencia urbana que impera en la nación neogranadina; en ella, a través de un monólogo sin divisiones en capítulos, un hombre maduro y homosexual cuenta su relación amorosa con Alexis, un adolescente sicario. En el ensayo La tautología darwinista (2002) refuta las tesis evolucionistas; con La rambla paralela (2002) anunció su retiro del mundo literario. Mi hermano el alcalde (2004) es un testimonio, cercano a la crónica, del periodo en el que su hermano Carlos fue alcalde de Támesis, un pueblo cercano a Medellín. Continúo con los ensayos Manualito de impostura física, y La puta de babilonia (2007), sobre la iglesia católica.
Al anunciar su retiro del mundo literario, el site Clubdelibros.com le preguntó por qué lo hacía justamente cuando se había convertido en una celebridad. “Estoy escribiendo el libro de mi muerte —respondió Vallejo—. Ya siento que se está acabando mi programa. En cuanto a la literatura, no tengo nada más que decir, ni ganas de decir nada más. Este libro que estoy terminando, y que se llama La rambla paralela, será lo último que yo escriba de literatura. Escribiré, pero ensayos de otras cosas. No voy a repetirme”.
Aunque se retire o aleje de las letras, Vallejo seguirá siendo polémico, irreverente, crítico iracundo, furiosamente lexical, con una prosa extraordinaria para dejar por sentado su agudo sentido de la realidad. Seguirá intacto su amor por los animales, a los que considera sus prójimos (“Todo el que tiene un sistema nervioso para sentir y sufrir es nuestro prójimo”). Y aunque muchos lo califiquen de inmoral no sólo por sus certeras pedradas a figuras de doble faz, como la iglesia y los políticos, sino por haber asumido su homosexualidad sin tapujos ni vergüenzas, Vallejo sólo contesta que simplemente ha vivido como ha querido, y que ha escrito “por ganas de joder” y molestar a los hipócritas.
“Voy a escribir un libro, el último, El don de la vida, sobre mi muerte inminente y el balance de mi desastre, y lo voy a escribir oyendo a José Alfredo Jiménez, a Leo Marini, a Daniel Santos...”.


(Artículo publicado en 2009, en la revista Aserca Report, Venezuela).