miércoles, 19 de octubre de 2011

Vivir en la diversidad

Las enfermedades genéticas muchas veces son producto de alteraciones cromosómicas, que se dan durante la gestación del feto. El diagnóstico genético prenatal puede ayudar a identificar posibles mutaciones

MARIELA DIAZ ROMERO
Cuando se habla de alteraciones cromosómicas se refiere a enfermedades que podrían manifestarse por una anomalía en los cromosomas durante la gestación del feto. Así lo resume la página web madreshoy.com. Agrega: “Si las células germinales —óvulo o espermatozoide— contienen algún error en su información, las mutaciones estarán presentes en todas las células del organismo formadas a partir de la unión de esas gametas. La mutación es, entonces, hereditaria o se transmite de generación en generación”.
Isabel Fernández, médico pediatra y especialista en Genética, formada en Japón, directora de la Unidad de Genética de la Policlínica Metropolitana, de Caracas, Venezuela, explica que si bien las enfermedades genéticas son causadas por alteraciones cromosómicas, estas alteraciones pueden darse bien sea por la estructura o por el número de cromosomas. “Cuando estamos en presencia de un embarazo es recomendable realizar un diagnóstico genético prenatal o citogenética. Para ello se practica la amniocentésis genética, ya sea porque el obstetra está observando algo que le llama la atención o por alguna otra condición de riesgo”.
La amniocentesis genética es el análisis cromosómico del líquido amniótico. De acuerdo con Fernández se trata de una técnica bastante segura y útil, que se ha desarrollado con gran rapidez.
“Con ella se obtiene una muestra del líquido amniótico a través de una aguja de aspiración (que se introduce en el vientre de la mujer embarazada), ya que el líquido amniótico contiene células originadas durante el desarrollo que contienen DNA fetal y permite detectar, en etapas tempranas del embarazo, si existe alguna anomalía cromosómica en el feto”, afirma.
Según Fernández en la gran mayoría de las parejas las anomalías suelen ocurrir sin que necesariamente existan antecedentes en la familia, e incluso a cualquier edad de la mujer, no obstante hay que advertir que muchas veces la edad materna puede ser un factor determinante en la incidencia de niños con síndrome de Down, que se debe a la presencia de un cromosoma 21 extra, lo que cromosómicamente se denomina Trisomía 21.
Otras alteraciones cromosómicas frecuentes son la Trisomía 18, la Trisomía 3 y las alteraciones de los cromosomas sexuales que, según la especialista, son las más frecuentes.

Detectar anomalías tempranamente 
La doctora Isabel Fernández relata que a la Unidad de Genética Médica de la Policlínica Metropolitana llegan casos diversos de enfermedades genéticas.
A su juicio lo más importante es que si los progenitores detectan que existe alguna alteración en el desarrollo neurológico del niño, ellos deben acudir para buscar asesoramiento. “No solamente hablamos de alteraciones cromosómicas, también nos referimos a otros síndromes genéticos que no se van a ver en el cariotipo, sino mediante el examen físico del paciente y los estudios médicos que se realizan a un síndrome particular de un cromosoma específico. Eso se detecta a medida que se va dando el desarrollo neurológico. Es muy importante el seguimiento y el control neurológico, y buscar apoyo”, dice Fernández.
Podría pensarse que el síndrome de Down es una de las alteraciones cromosómicas más frecuentes, pero tal como asevera la especialista se trata de la condición cromosómica “que uno ve caminando por la calle”.
Existen otras alteraciones —explica la pediatra y genetista— que  pueden cursar sin un fenotipo característico que no es perceptible en la calle, es decir no se trata del niño típico de Down al que todos reconocen. “Otras alteraciones cromosómicas pueden presentar retardo del desarrollo psicomotor, o más adelante se ve un retardo mental que pueda tener malformaciones asociadas”.

Aprendiendo a vivir
El síndrome de Down fue identificado, en el siglo pasado, por el médico inglés John Langdon Down, y de allí tomó su nombre. No obstante, fue en 1957 que el médico Jerome Lejeune descubrió que la razón por la que se originaba este síndrome era que los núcleos de las células tenían 47 cromosomas en lugar de los 46 habituales.
La página web down21.org dice que un síndrome implica “la existencia de un conjunto de síntomas que definen o caracterizan a una determinada condición patológica”.
Si bien, el niño afectado por la Trisomía 21 padece un desequilibrio genético, es decir, “un cromosoma está añadiendo más copias de genes al conjunto y eso rompe el equilibrio armónico entre ellos, con consecuencias sobre el funcionamiento de las células y de los órganos”, esto no significa que sus potencialidades de desarrollo no sean como las de cualquier otro niño.
Tal como apunta este site, su desarrollo será más lento pero se podrán aplicar programas de intervención para que sus avances sean notorios.
A pesar de que el síndrome “impone ciertas limitaciones”, el apoyo de un equipo multidisciplinario para ese niño y su familia será el impulso que lo hará desplegar sus posibilidades afectivas e intelectuales.

Qué hacer en caso de alteraciones cromosómicas
Los especialistas de la Unidad de Genética Médica hacen el diagnóstico prenatal o al momento del nacimiento del bebé. Se hace un estudio cromosómico, o cariotipo del niño. Si hay síndrome de Down se establece un plan de trabajo que incluye evaluación cardiovascular, perfil tiroideo, eco cerebral y renal y el ingreso a la estimulación temprana.
De acuerdo a la historia clínica habrá casos en los que se debe realizar el mismo estudio a los padres —ya sean parejas jóvenes o con antecedentes familiares— para descartar que sean portadores de una alteración estructural, que aumente el riesgo de tener un niño con síndrome de Down.
Fernández explica que las alteraciones cromosómicas no son prevenibles: “Se presentan y de acuerdo al tipo de alteración cromosómica se le da a la pareja un cálculo de riesgo de recurrencia para futuros embarazos, pero ese es un riesgo que sólo la pareja puede decidir si asume o no”.

Datos vitales
Dra. Isabel Fernández. Pediatra y genetista
Unidad de Genética Médica. Policlínica Metropolitana, piso 2. Calle A1. Caurimare, Caracas.
Teléfonos: (0212) 908 0100 – 908 0912 – 908 0813 

Asociación Venezolana para el Síndrome de Down
Teléfonos: (0212) 283 5887 – 283 9087

lunes, 19 de septiembre de 2011

Un ángel dormido bajo el agua


Angel dormido, de Elsa Herrera-Quiñonez Vargas

Miyó Vestrini dijo en una entrevista: “Para mí un ser humano vale en la medida en que está viva su memoria”. Con estas palabras quiero, en primer lugar, saludar el proyecto editorial Biblioteca Biográfica Venezolana, que, bajo la sabia conducción de Simón Alberto Consalvi, adelantan El Nacional y Bancaribe. Vayan nuestro respaldo y nuestro aplauso a esta iniciativa que permite construir la memoria del país, acercarnos y conocernos como entidad real y concreta, explicarnos cómo somos los venezolanos de comienzos del siglo XXI. Y es la incorporación de un nuevo título de esta Biblioteca, ya el volumen 80, dedicado a Miyó Vestrini, escrito por Mariela Díaz, la razón que nos convoca esta noche. Cuando María Cristina Serrano me propuso esta presentación me aterré, y lo hice no solamente por un arraigado “miedo escénico”, sino por sentir que yo no tenía las credenciales para realizar esta presentación. Después entendí que sí era mi privilegio, que no estoy aquí por y para ejercer la crítica literaria o el análisis periodístico o cualquiera de esos recursos académicos, estoy aquí por una enseña que llevo en el alma: ser amiga de Miyó Vestrini.
No voy a hacer juicio sobre el libro, creo que cumple el cometido de ser ameno y fundamentado, partió de una investigación de personalidad realizada en el taller “Periodismo y Memoria“, facilitado por Milagros Socorro en 2006. Creo que Mariela Díaz recurrió a las fuentes correctas y desarrolló su trabajo en una estructura que facilitó la integración de conceptos y testimonios. Pero a mí —y debo reconocer mi subjetividad— la lectura de este libro me conmovió hasta el llanto: reviví tantos y tan profundos encuentros, tantas y tan enriquecedoras vivencias y experiencias compartidas.
En el largo devenir de los estudios literarios, en las opiniones de los críticos, de los investigadores y de los propios escritores hay una interrogante permanente: ¿el autor hace autobiografía cuando crea sus personajes? Yo voy a utilizar un criterio de Salvador Garmendia: “Es posible entrever la faz del escritor a través de lo que escribe, pero será solamente un reflejo y un reflejo que a veces es imaginario o inventado”, y me voy a aferrar a ese criterio para asegurar que la compleja personalidad de Miyó Vestrini desborda la imagen de una mujer menopausica, dejada de los hombres, deprimida, atormentada y sola, que pasea por muchas de las líneas de sus escritos, y que en ocasiones lectores —académicos o no— identifican al calco con la autora. Ella era de las personas más simpática, ocurrente, risa fácil y hasta alegre que uno pudiera tropezar. Aseguraba que su timidez sólo le permitía expresarlo en los círculos más íntimos. Esa condición unida a su extremada inteligencia y a su agudosísima percepción hacían de Miyó una verdadera y ansiada compañera. También esa inteligencia y esa percepción la llevaron a reconocer los puntos más débiles, el “talón de Aquiles” de cada uno de quienes la rodeamos. Era lo que nos señalaba en enfrentamientos como certeras puñaladas al corazón.
Salvador Garmendia escribió una entrevista imaginaria a Miyó, seis años después de su muerte, y entre las frases que le endilga hay una que la define muy bien: “Creo en sesenta mil cosas, no hice más que creer toda mi vida”. Les aseguro que era una militante de sus creencias, podía apostar la vida por ellas. Era una creyente y era una entusiasta. Es difícil conocer a alguien que haya producido tantas ideas, tantos proyectos, tantas iniciativas. Puso pasión en su trabajo, lo hizo con responsabilidad, tenía ese sentido del deber típico de las egresadas de colegios de monjas. Claro, en paralelo, nunca estuvo satisfecha con sus logros, se exigió al infinito.
Vivimos pasillo de por medio por casi tres años. Mis hijos, preadolescentes para la época, formaban con otra docena de vecinitos una pandilla de esas que suelen atormentar nuestros condominios. Los niños del edificio Jardines de Sebucán no querían a los adultos, de ellos sólo recibían “no pasen, no pisen, no monten, no jueguen”. Sólo tenían una cómplice adulta y esa era Miyó. Mi hija Altagracia, su ahijada, afirmaba que era la persona más dulce del mundo y la única que la comprendía.
En el libro narrativo de Miyó, Órdenes al corazón —según Silda Cordoliani, su prologuista, no constituye un conjunto de cuentos sino un sólo relato fragmentado—, hay una exigencia, un reclamo: a Miyó tenemos que darle gracias, inmensas gracias por Las historias de Giovanna, El invierno próximo, Pocas virtudes, Valiente Ciudadano, por el ya mencionado Órdenes al corazón, por los libros de entrevistas a Sonia Pérez, a Isaac Chocrón, a Salvador Garmendia, por las páginas culturales de La República, El Nacional y El Diario de Caracas, por el Papel Literario, por las publicaciones que dirigió: El Cohete, Criticarte, Venezuela Oggi, por la columna Parejas, por el programa radial Al pie de la letra; en fin por toda la obra creativa y periodística que Miyó desarrolló y que hoy se nos presenta pionera y paradigmática. Como amigos también tenemos que darle las gracias por su presencia en nuestras vidas, nunca nada fue igual para nadie después de hacerse amigo de Miyó: ella nos contagió de su acercamiento reflexivo y crítico a la vida, de su buscar y enfrentar los por qué, de su combatir cualquier aceptación pasiva y claudicante. quiere que alguien le dé las gracias por todo lo que ha hecho. Es valedero ese reclamo. Creo que llegó la hora de darle las gracias,

Quiero, para terminar, leer un poema de nuestro amigo Alberto Barrera Tyszka. Está dedicado a mí, lo que me enorgullece, y se llama:
Miyó
Que las palabras pierdan su envoltura./ Que todo estalle./ Que cada imagen se abandone/ a una imagen más líquida/ y definitiva/ que sólo existe ya,/ por fin,/ un ángel/ dormido bajo el agua.
(Palabras de presentación por Elisa Maggi, leídas el 8 de julio de 2008, durante el bautizo del libro Miyó Vestrini, Biblioteca Biográfica Venezolana).

jueves, 8 de septiembre de 2011

Mujeres creadoras


OLIVIA LIENDO

Recientemente terminé de leer dos libros sobre mujeres excepcionales, escritos, a su vez, por féminas con voces contundentes: Historias de mujeres de Rosa Montero (Editorial Punto de Lectura) y Miyó Vestrini de Mariela Díaz (BibliotecaBiográfica Venezolana de El Nacional).

Se ha dicho que el avance de los blogs sobre los medios tradicionales de comunicación tiene que ver con el hecho de que los lectores están cansados de las visiones asépticas y “objetivas” de los hechos, mientras que en Internet se escribe desde y por las pasiones. Muchas veces esto es cierto. Estos libros, sin embargo, me conectaron nuevamente con el papel de las mujeres periodistas en la sociedad. Apelando a aquello de que las mujeres tenemos un tipo distinto de sensibilidad, hay quienes no temen exhibirla sin desparpajos en sus creaciones y la capitalizan.

En la deliciosa narración de Montero, periodista y psicóloga con más de tres décadas en El País de España, abundan los adjetivos, partículas verbales consideradas pecados materiales de la academia. No los oculta, e incluso a veces pareciera que los exagera. Luego de una extensa investigación, Montero nos lleva de la mano a través de su propia visión de los hechos y uno, como lector que confía en su criterio, se deja llevar en esa vorágine de relatos en ebullición. Recurre, por ejemplo, a palabras como “majaraderías” cuando describe etapas en la historia de algunos de los personajes que retrata: Agatha Christie, Simona de Beauvoir, Alma Mahler, George Sand, Frida Kahlo. Y nunca esconde su entusiasmo. Dice la escritora: “Si termino aquí y ahora es por cansancio personal y porque llevo demasiado tiempo viviendo con ellas, hasta el punto de haber desarrollado una especie de obsesión patrimonial con mis mujeres que me hace indignante, por ejemplo, si veo una tonta película sobre Agatha Christie en la que Vanesa Redgrave, la actriz que encarna la escritora, dice en una escena que no sabe nadar: con lo bien que nadaba Christie, con lo que le gustaba, pero serán brutos, me digo muy ofendida (…) Haciendo esta serie he advertido con más claridad que nunca que cada vida es una aventura, una desviación de las limitaciones de lo correcto. Quizá sea eso, en definitiva, lo más importante que he aprendido: que la normalidad es lo que no existe”.

El libro sobre Miyó Vestrini, por otra parte, me hizo pensar en por qué los textos periodísticos de la escritora no se leen como cátedra en las escuelas de comunicación. Estoy segura de que aprenderíamos mucho sobre cómo se seduce a un lector, sin ser complacientes con la fuente. Pionera en el periodismo cultural, Vestrini acompañó a Isaac Chocrón por seis meses para escribir Isaac Chocrón frente al espejo, mucho antes de la popularidad de los relatos biográficos. Su voz, su firma, contaba y contó por muchos años en el país. Hizo cosas distintas, probó tonos diferentes, se entregó y se comprometió. Porque el periodismo, como el arte, se origina en el estar comprometidos. Al parecer, Adriano González León, dijo sobre ella: “Hay una mujer, una poeta que tú debes conocer, tiene el frenesí, la pasión, la iracundia y la ternura, una persona en pleno estado de guerra, de protesta, aislada y al mismo tiempo sentimental”. Mientras Luis Alberto Crespo, con quien trabajó en el Papel Literario, le declaró a Mariela: “(Miyó) hizo del periodismo una escarbadura, lo puso patas arriba.

(...) Ella podía incendiar un país con un solo gesto de hipocresía descubierto”. Dice el libro que Vestrini se enfrentaba al periodismo con el mismo arrojo y dedicación que le daba a la poesía. Quizás allí radica el secreto.

(Artículo publicado en el blog En el interín, por Olivia Liendo, en El Nacional, el 26 de agosto de 2008)

miércoles, 6 de julio de 2011

Bocas del Toro: euforia ecológica en el Caribe panameño

Muy cerca de la ciudad de Panamá, este archipiélago emerge de las fauces del Atlántico para ofrecer al viajero el cómodo disfrute de exóticos paisajes

Mariela Díaz Romero

A 300 millas de la Ciudad de Panamá, en el litoral del Atlántico, el archipiélago Bocas del Toro, con 8.475 kilómetros de extensión, se desparrama en medio del océano como si de pronto el dios Baco hubiese decidido verter su cornucopia cargada de jugosas uvas.
Quienes pone un pie en este territorio siente de inmediato la sensación de relax y distendimiento. Aquí la sensación es la de estar en medio de una gran vorágine de naturaleza inexplorada, incontaminada por las formas civilizatorias del hombre.
En esta región reinan los mares tranquilos, con playas de arenas doradas y blancas; grandes áreas selváticas y bosques majestuosos que han servido de refugio para una gran cantidad de aves y mamíferos, así como también a más de 200 especies de peces tropicales, aparte de ser el hogar del manatí.
El archipiélago también está coronado por una impresionante plataforma coralínea, que es sencillamente un paraíso para los amantes del buceo y del snorkeling.

Vestigios en una ciudad de sal y mar. El principal asentamiento poblado de Bocas del Toro, que se denomina de la misma manera que el archipiélago, situado en la Isla de Colón, es una pequeña ciudad con casas construídas a orillas del mar. Están techadas con zinc de colores rojos y negros que le dan un aspecto amigable y festivo.
Sus pobladores, en su mayoría indígenas y afrodescendientes, se dedican a cultivar el banano o a la pesca de mariscos, tortugas, ostiones y almejas, especies que abundan en la zona.
La historia de Bocas del Toro se remonta a inicios del siglo XX, cuando la United Fruit Company realizaba la explotación de bananas y se erigió como dueña de una buena parte de la isla. Aún hoy en día se encuentra en pie parte de la arquitectura que da testimonio de aquellos años. En el viejo edificio administrativo funciona el Hotel Bahía, y en Cayo Solarte se encuentra el centro hospitalario Punta Hospital, construido por la United Fruit Company. El muelle frente al Hotel Bahía era el embarcadero de la empresa, y por los alrededores se encuentran casas que pertenecieron a sus empleados.
Tres divisiones administrativas conforman el archipiélago: Changuinola, Bocas del Toro y Chiriquí Grande.
Para tener una idea de la división territorial de la zona hay que tomar en cuenta que el distrito de Bocas del Toro suma 332 lugares poblados; Chiriquí Grande, 300 poblados y el distrito de Changuinola, 186.
En uno de los extremos se encuentra el punto del archipiélago más cercano a tierra firme: Boca del Drago. El viajero podrá deleitarse con pequeñas playas de arenas blancas y senderos arbolados. Enfrente, en pleno mar abierto, vale la pena llegar a Cayo Cisne, también conocido como Isla de los Pájaros: meca de observadores de aves donde se avizora el Rabijunco Piquirrojo, una rareza del reino animal.
En la carretera que conduce a Boca del Drago es posible visitar una caverna de murciélagos, pero si no le atraen estos mamíferos siga hasta Colonia Santeña, donde se han asentado pequeños ganaderos y se construyó la Gruta de la Virgen.
En esta misma zona, se recomienda no dejar de asolearse en playa Bluff, que con sus arenas doradas y sus fuertes olas es un paraíso para los surfistas. A sus orillas llegan también las tortugas para anidar.
Mimitimbi y Big Baight son dos bosques en los que habitan osos perezosos, monos, conejos e iguanas, lo que podría agregar más adrenalina a esta diversión que no es exclusivamente marina.
Dada su riqueza paisajística y su diversidad de flora y fauna, el gobierno panameño fundó en esta región el primer parque nacional marino llamado Isla Bastimentos, con más de 13.000 hectáreas. Está conformado por los bosques de la isla homónima, los cayos Zapatillas y las islas de manglar al sur de Bastimentos, además de Playa Larga, al norte.
Si bien Playa Larga se caracteriza por su paisaje de naturaleza virgen, adonde llegan a anidar también las tortugas entre abril y octubre, Cayos Zapatillas es un oasis de tranquilidad.
Al interior de Isla Bastimentos se puede hacer una caminata y visitar una laguna de agua dulce, o pasear en bote por los manglares. También aquí habita la comunidad indígena de los guaymí. Uno de los imperdibles de Isla Bastimentos es playa Rana Roja, la única en el mundo donde vive este animalito de color rojo escarlata con manchas negras, que con su canto
llama a las personas que caminan en el bosque tropical lluvioso.
A unos 300 metros del cayo mayor de las islas Zapatillas se consiguen las mejores formaciones coralíneas, en una zona llamada Islas del Coral. A una profundidad máxima de 6 metros, los amantes del buceo y del snorkeling encontrarán vistas submarinas de ensueño, así como se toparán con ejemplares como pargos, peces ángel, meros, peces loros, peces mariposa, cangrejos, morenas y langostas, entre otras especies.
En Cayo San Cristóbal, otro de los islotes de Bocas del Toro, se encuentra el Faro de San Cristóbal. Debe su nombre a una enorme boya luminosa que ilumina la travesía de los barcos que transitan esta parte del Atlántico. Muy cerca, Bocatorito, laberinto de manglares, seduce al viajero con su belleza y la posibilidad de avistar delfines.
La gran cantidad de ecosistemas que confluyen en Bocas del Toro sugiere la riqueza de su diversidad. Desde los manglares, los arrecifes de coral, la pradera de hierbas marinas hasta los pantanos, ríos, lagunas y bosques garantizan al viajero un encuentro pleno con la naturaleza insólita del Caribe panameño.

RECUADRO
Cómo llegar
Más información: http://www.flyairpanama.com.
Desde Ciudad de Panamá o David, vía carretera, se llega al puerto de Chiriquí Grande, y desde allí salen taxis acuáticos o ferrys hasta Bocas del Toro.

Gastronomía bocatoreña
Degustar los platos típicos de esta zona es acercarse al corazón de su gente. No deje de probar el bacalao con akke, el arroz con coco, el pescado relleno o un suculento caldo llamado fufu. También son favoritas las Patty, empanadas asadas de carne molida; el Plantin tat, de plátano maduro, y las torrejitas de bacalao. Como postre mandan los dulces de yuca, el “pie” de piña o de pasas y los helados caseros.

Mayor información:
http://www.bocas.com
http://www.deviajes.es/rutas/BOCAS_DEL_TORO_1.html
http://www.panamainfo.com

Literatura venezolana de exportación




Los escritores nacionales están de buenas, muchos de ellos han logrado el éxito al conseguir nuevos lectores, publicar en prestigiosas editoriales y estar hoy en día expandiendo su área de acción al circuito internacional


Mariela Díaz Romero

Es posible afirmar que los escritores venezolanos están teniendo éxito; han tenido la fortuna de ver sus libros publicados en editoriales extranjeras de renombre internacional que tienen sucursales en buena parte de América Latina y en particular en Venezuela. Alfaguara, Alfa Editorial, Páginas de Espuma, Periferica o Lengua de Trapo han incorporado a su catálogo de autores a escritores venezolanos de recientes generaciones. Además de los ya renombrados, como Eugenio Montejo, Rómulo Gallegos o Rafael Cadenas, los más jóvenes han recibido un impulso realmente beneficioso, porque se han acercado a un público que, de otra manera, no los habría conocido.

He aquí la opinión de tres escritores venezolanos contemporáneos, que han tenido éxito porque sus libros han sido promocionados dentro y fuera del país, con lo que han cautivado a la crítica especializada y a los lectores.

Centeno: lectores dilatados

Israel Centeno es autor de diversas obras de ficción, algunas de las más conocidas son Calletania, reeditada en 2008 por la española Periferica; al igual que Hilo de Cometa e Iniciaciones. El libro más reciente de Centeno, Bajo las Hojas, editada por Alfaguara, fue finalista del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos.

Periferica se ha propuesto reeditar la obra de Centeno ya aparecida en Venezuela. El autor es considerado por esta casa editorial como “uno de los autores más seguidos y respetados de Latinoamérica”. Sin embargo, parece que a Centeno no se le suben los humos a la cabeza, si bien otorga gran peso a contar con una amplia lectoría expresa: “Cada autor responde al interés lector de la veta estética –formal– que trabaja”.

Muchas veces ganar seguidores no es cuestión de números, sino de la calidad de una obra que se va haciendo más universal, y se adueña de un puño de lectores que si bien pueden ser pocos, “se han dilatado en otros paisajes”, explicó Centeno.

Al estar inmersos en otros entornos –señala el autor–, tendrán una visión “del artefacto literario y de la historia que has contado, matizada por una perspectiva cultural diferente”.

Este escritor considera que cualquiera autor desea tener una amplia lectoría, “pero cada quién debería estar consciente cuán amplia puede llegar a ser”, eso dependerá de lo que se haya propuesto con su proyecto expresivo. A su juicio ganar lectores “va a depender, más allá del aspecto promocional, de la exigencia de la estética, de la voz y de las estructuras formales donde se planteen las historias contadas”.

Méndez: ganando lo desconocido

Juan Carlos Méndez Guédez nació en Barquisimeto en 1967; desde hace más de una década se residenció en España, donde obtuvo un doctorado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca. Ha escrito cerca de 10 novelas, algunas de ellas son Tal vez la lluvia; Hasta luego, míster Salinger, Una tarde con campanas (2004). El libro de Esther es uno de los libros más conocidos de Méndez Guédez. Fue publicado por primera vez en 1999 por la editorial madrileña Lengua de Trapo.

Este año la visita de Juan Carlos Méndez Guédez a Caracas con motivo de la reedición de El libro de Esther a cargo de la cooperativa editorial Lugar Común, del sello R.E.Lectura, fue un acontecimiento cultural reseñado ampliamente en las páginas culturales de los periódicos del país.

Es considerado una de las voces narrativas más auténticas de las jóvenes generaciones de escritores venezolanos que ha alcanzado notoriedad allende las fronteras. A su juicio haber publicado fuera de Venezuela lo ha hecho ganar lectores “que nunca habría tenido”. Afirma que muchos de esos españoles que se han paseado por sus novelas probablemente jamás habrían tenido la oportunidad de hacerlo. Asimismo, considera que buena parte de la investigación literaria que se hace sobre su narrativa (en países como Bélgica, Italia, Suiza, Estados Unidos, Francia, Croacia y en la propia España) quizás no habría sido posible si sus títulos no estuviesen en un catálogo ibérico.

Sobre la importancia que puede tener para un escritor gozar de una amplia lectoría, opina: “Supongo que debe ser maravilloso tener muchos lectores. Millones de ellos. Como no he llegado a ese punto, los que tengo los cuido de la mejor manera que sé: escribiendo los libros que llevo dentro y que tienen mis más hondas torpezas y perplejidades”.

A pesar de su notoriedad, Juan Carlos Méndez Guédez habla de sus logros con naturalidad y sin engreimientos. Refiere que ganar lectores –medida del éxito- depende de la honestidad y la coherencia con la que el escritor asume su oficio. “El escritor escribe su obra con la mayor dedicación posible y procura que cada libro sea exactamente el libro que él desea escribir. Eso va configurando un ambiente favorable para que en cada publicación sus lectores de siempre continúen siguiéndolo. Y para que estos mismos lectores sean capaces de atraer a otros”.

Chirinos: la fuerza de los esfuerzos individuales

Juan Carlos Chirinos es oriundo de Valera, estado Trujillo, nació en el 67, y es autor de varios libros de relatos como Leerse los gatos y Homero haciendo zapping. Su ópera prima, El niño malo cuenta hasta cien y se retira, fue editada por la editorial madrileña Escalera, en 2010; cuenta con una versión Ebook. Para la editorial colombiana Norma ha escrito varios libros que han conjugado la ficción con la investigación histórica, como Miranda un nómada sentimental, Cartas probables para Hann y El vivo anhelo de conocer. Los dos primeros trabajos están agotados y el último mencionado es según Norma uno de los “más vendidos”.

Juan Carlos Chirinos aprecia el tema desde una óptica un poco más política, según la cual las dificultades que puede encontrar un escritor venezolano en difundir su obra fuera del país tienen que ver más con una ausencia de políticas culturales del Estado para impulsar la creación de sus jóvenes talentos.

Si bien es cierto –explica Chirinos– que muchos escritores venezolanos han logrado llamar la atención de lectores y de editores se debe en muchos casos a esfuerzos individuales que al concierto de un Estado, enfocado en promocionar y difundir a sus escritores.

“Si el estado venezolano otorgara ayudas a las editoriales extrajeras para publicar y traducir su literatura, seguramente aparecerían más editoriales interesadas en publicar libros de venezolanos. Porque está sobradamente probado que la literatura venezolana gusta en el extranjero”. Y en este particular, Chirinos menciona a autores como José Balza, Alberto Barrera Tyszka y Rafael Cadenas, entre otros, que sí viven en Venezuela y pertenecen a una generación anterior a la suya, y que gozan del respeto de lectores y editoriales. Considera que los venezolanos son altamente apreciados por la crítica; solo falta que las editoriales encuentren el lado ‘comercial’ del producto, para que los lectores tengan fácil acceso a él y puedan comparar y juzgar”.

Marcalibros

-Si no consigue los libros de estos autores en los anaqueles de las librerías venezolanas, a través de librerías on line es posible encontrar la mayoría de los trabajos de estos autores. Visite www.casadellibro.com, www.fnac.es y www.norma.com.

(Artículo publicado en Aserca Report 26 y SBA Report 16).

lunes, 30 de mayo de 2011

La metáfora de la Mannschaft


La inyección de aires nuevos en la selección nacional de fútbol de Alemania le ha hecho ganar un nuevo lugar en el mundo del deporte. El cambio, tangible y a la vista, que la Mannschaft ha demostrado en el campo de juego ha sido una novedad de la que no pocos se preguntan cómo sucedió. Y es que detrás del alto desempeño de este equipo que cuenta con el respeto de muchos, existen algunos secretos que vale la pena descubrir

MARIELA DIAZ ROMERO

Muchos consideran que la fórmula del cambio en la Mannschaft tiene nombre: el sistema Joachin Löw. Con 49 años de edad, el seleccionador del equipo alemán no ha vacilado en llevar adelante las decisiones arriesgadas que ha tomado. Junto a Jürgen Klinsmann, es el responsable de introducir nuevas ideas en la forma de hacer el “trabajo”, lo cual implica jugar no sólo con los pies detrás del balón sino con estrategias y conceptos; he allí porque se ha empeñado en dar a sus atletas herramientas de motivación, inyectarles —tanto a ellos como al equipo técnico— ideas positivas, así como también renovar una plantilla con inexpertos pero noveles promesas.

Quizás todo esto hubiera sido inaceptable dentro de una selección en la que predominaba las ideas del viejo káiser Franz Beckenbauer y que heredó Rudi Voller.

El debut de la eficacia del sistema Löw, antes que en Suráfrica 2010, se probó en el Campeonato Europeo, celebrado en el año 2008, en Alemania. Muchos seguidores sintieron un renacer de las esperanzas con el triunfo del equipo, que resurgía de sucesivas derrotas. Aquel fue un sommermarchen (verano fabuloso), que contagió a toda la nación teutona de un frenesí que parecía inexplicable.

Fue de tal magnitud el entusiasmo que esta estela de renovación dejó que todo el país se sensibilizó para dar apoyo al equipo; tanto los fanáticos tradicionales y consuetudinarios como la gente que no veía mayor interés por el fútbol sintieron la necesidad de apoyar a este equipo que les devolvía la fe en Alemania. Por las calles portaban el estandarte amarillo, rojo y negro en señal de victoria. Un gesto que antes de la reunificación alemana sólo podía ser considerado como una oda al nazismo. Ahora por obra y gracia del fútbol era un orgullo ser alemán. El segundo puesto había que celebrarlo en grande.

Llegó el momento de Suráfrica 2010 y fue la oportunidad para dar a conocer los resultados del llamado konzeptfussball (fútbol de planes y conceptos). Se dejaban atrás las demostraciones de fuerza o simplemente la belleza de movimientos sobre el césped. Este nuevo desempeño se fundamentaba en un sistema que complementa estrategia, táctica, desarrollo de jóvenes talentos y juego de mayor velocidad sobre una cadena de cuatro retadores con un delantero eficaz.

Implantar la novedad ha tenido algunos costes para el reservado Joachim Löw, sobre el que pesaban muchas dudas acerca de su capacidad técnica para llevar adelante todo lo que se proponía.

La prensa alemana no dudó en atacarlo ferozmente varias veces cuando él actuaba implacablemente al eliminar a algún jugador que no podía adaptarse a su estilo. Quizás no lo ayudaba el hecho de que él nunca fue un jugador excepcionalmente destacado. Sin embargo, supo inocular el germen del cambio en el seno de la Mannschaft al mantener una línea constante dentro de las modificaciones que iba introduciendo, que además fueron paulatinas, una detrás de otra, paso a paso, avanzando con calma, paciencia, seguridad y preparando sistemáticamente a todos y cada uno de los actores involucrados en esta empresa, a la que solamente permitió sumarse a aquellos que llevan el fútbol como una pasión dentro de sí.

Del error al ensayo

Quien ha conocido a Joachim Löw de cerca destaca en este apasionado del fútbol un hermetismo que incomoda a muchos. Quisieran ver en él quizás a un héroe, a un redentor. Pero nada más lejos de su personalidad. Löw no hace alarde de lo que hace, sólo lo hace. Hubo quien quiso ridiculizarlo al captar el momento cuando se hurgaba la nariz en uno de los partidos en la pasada contienda surafricana. El video lo colgaron en Youtube, pero más allá de eso no pudieron ver que a Jogi poco le importa el brillo mediático, él es sólo un muchacho de la selva negra, al sur de Alemania, donde nació, creció y vive con su esposa, cerca de Freiburg.

Lo agarraron eso sí desprevenido, porque el liderazgo que ejerce Joachim Löw no se basa en mostrar las luces del traje de vedette, sino en estar al frente de un equipo que se empeña en jugar para “todos”, sin que destaque uno de ellos como estrella. Parecerá obvio, pero no lo es. Una de las premisas de Löw es que predomine la idea de un trabajo en colectivo, aquí no existen superhéroes, sino diversas fortalezas que se complementan bajo una visión que las unifica.

Saber adónde se va y cómo se llega ahí. Plantearse una meta, cuyo alcance no es una utopía. Pero la consecución del éxito no se basa en la temible regla de la jungla: no importa el medio ni el cómo sino el fin. La arquería. Para Löw es importante desarrollar una ética del juego: respetarse en la diversidad, no olvidar considerar al otro, tanto al compañero como al adversario; después de tomar una decisión llevarla a cabo sin doblegarse, pero siendo capaces de tener la flexibilidad de reconocer los fracasos. Reconocerlos para enfocar en el próximo juego la meta y el éxito. Y todo ello respaldado por un equipo técnico de profesionales, en el que el componente sicológico más que una herramienta de asistencia es un proceso de aprendizaje.

Conocerse a sí mismo para entender cómo se debe jugar. Sólo una personalidad en la que no predomina el narcisismo habría sido capaz de implementar cambios de envergadura en un equipo de alta competitividad, en el que no sólo está en riesgo la mera posibilidad de ganar una copa o un trofeo sino también miles de millones de euros.

A pesar de su talante cerrado, es decir, ser de pocas palabras, Löw no desconoce la fuerza de comunicar y escuchar. El le imprimió al equipo esa capacidad para sacar de cada uno lo mejor que podía dar. Esto sólo él podía saberlo observándolos, confiando en la capacidad de estos muchachos, cuya edad en la cancha no sobrepasa los 25 años. Sin embargo, la poca experiencia era a la vez una ventaja para ser permeables a las nuevas ideas para adaptarse al cambio.

Seguridad y temple para llevar a cabo las transformaciones no faltaron en Löw, que no confundió disciplina y firmeza con forcéps inesperados. Su experiencia fuera de la cancha, como seleccionador, se afinó motivando a un equipo al que había que imprimir el gusto por el riesgo de hacer nuevas experiencias con la suficiente entereza para saber que a pesar del empeño existe la posibilidad de perder. Pero ello es lo que abona el terreno del aprendizaje y de la necesidad de ser mejores.

Metamorfosis

Acercar la lupa a la transformación que sufrió la Mannschasft nos invita a pensar en la transformación personal y colectiva. Este cambio es un eco que resuena, y sus ondas se esparcen y estimulan el pensamiento que insiste en una posible metamorfosis individual y colectiva.

Quizás en algún momento, para los venezolanos, ha sido más que un sueño, una fantasía, la idea de cambiar el país en el que vivimos, de transformar la sociedad en la que coexistimos. Hoy, habita un malestar en nuestra cultura que se expresa a través de una violencia desmedida, escaso crecimiento económico, condiciones paupérrimas que se acentúan, una diáspora de gente joven y con talento, que nos obliga a transmutar el sueño de cambio por una necesidad real. Urgente y real.

Aunque tomar el cambio del equipo alemán como una metáfora para pensarnos a nosotros mismos pudiera resultar para algunos una operación simplista, recordemos aquí la frase del psicoanalista junguiano Rafael López Pedraza, autor de numerosa literatura sobre psicología de los arquetipos: “Lo que más mueve la psique son las metáforas. Ellas evitan la parálisis y la rigidez que ocasiona la identificación con algún complejo inconsciente”.

Pensarse pasa por el autorreconocimiento de nuestras miserias y responsabilidades. Por allí habría que iniciar cualquier tarea de transformación. Aunque ninguna metáfora pueda explicar del todo la multicausalidad del malestar que existe en el país, reconocer que en ese malestar todos tenemos participación y responsabilidad es el primer paso.

Reconocernos como una sociedad en la que por mucho tiempo la moneda de intercambio relacional ha sido la depredación y la falta de reconocimiento del otro. Nuevas formas de violencia, y cada vez más crueles, son las que predominan cuando se hace necesario dirimir un conflicto. La palabra como recurso de intercambio simbólico, al decir de los psicoanalistas, ha sido desplazada como forma de comunicación. Vivimos en una sociedad donde disentir y ejercer un pensamiento crítico son actividades sospechosas que deben ser perseguidas, señaladas y enjuiciadas.

Si recurrimos al psicoanálisis como herramienta para vislumbrar algunas respuestas, nos damos de bruces con realidades contundentes. Nos explica Adrián Liberman, psicoanalista radicado en Caracas, miembro de la Sociedad Venezolana de Psicoanálisis, que muchas de las situaciones de deterioro social que hoy padecemos los venezolanos son situaciones que se han incubado en el seno de nosotros mismos, mucho antes de 1999. La dificultad de reconocimiento del otro, la desconsideración en el venezolano —apunta Liberman— no es invención de un gobierno de turno.

Dice Liberman: “La primera tarea es asumir que todos construimos este presente, unos por acción deliberada, otros porque abandonaron la polis, la plaza pública, creyendo que lo público no les concernía, que eso era un asunto de los políticos; entonces encontramos a alguien que nos relevó de pensar en lo colectivo y cada quien compró esa oferta de diversas maneras, esto lo construimos todos, teníamos cada cual razones distintas para construirlo”.

Nuestros complejos problemas se han enquistado entre nosotros como síntomas: manifestaciones de nuestra conducta que padecemos, que nos causan sufrimiento pero que a la vez significan un triunfo porque es la mejor manera que se ha conseguido para lidiar con los conflictos.

Elegimos un gobernante —antes que a un estadista— que ha hecho las funciones de padre autoritario, al que como ciudadanos cedimos el poder de construir nuestra ciudadanía; le cedimos el poder para decidir por nosotros. Y ahora recuperar ese poder implica un padecimiento que aún no sabemos cómo superar. Para reivindicar las injusticias que hemos padecido históricamente compramos la idea del vengador —observa Liberman— y desdeñamos la posibilidad de tener un líder. Una confusión que nos ha costado caro. Confundimos épica con ética. Y ante la ausencia de la segunda optamos por potenciar la primera.

“La épica seduce más que la ética, la idea de que somos los herederos de Simón Bolívar es más atractivo que la idea de que nos hace falta una ética, es decir, una ley, un ordenamiento. Un padre que sea la ley, no un padre que sólo libra grandes batallas. No hay ética pero sí hay épica, conmemoramos y celebramos las batallas, los desfiles son muy vistosos y nos compramos armas, pero lo que necesitamos es realmente una ética, imponer la ley que es distinto de la autoridad”, considera Liberman.

La exacerbada devoción por las figuras heroícas, que de alguna manera es reforzada por la retórica gubernamental, eclipsa nuevas maneras de hacer, de vindicar, de pensarnos a nosotros mismos como individuos. Así, sufrimos la condena de estar a la sombra de una trayectoria heroica. López Pedraza explica: “No hay duda de que en Latinoamérica existe un fuerte inconsciente colectivo en el que la devoción por los héroes independentistas ocupa un lugar central. Se ha señalado que esa devoción evidencia que no tenemos ningún otro asidero cultural”.

Hundimiento y reconocimiento

Hacer duelo es parte del cambio, significa reconocer nuestra responsabilidad, nuestros errores, nuestras malas decisiones. Todo aquello que hemos dejado de encarar, que hemos dejado al azar. Como la creencia de que en nuestras pequeñas vidas individuales no había espacio para pensar el colectivo como una prolongación de lo que íntimamente somos. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocernos? Porque reconocer el error implica asumir una pérdida por todo aquello que pudimos ser y no supimos cómo.

“Creo que nos toca hacer duelo por las malas decisiones tomadas, por todo lo que nos hemos equivocado, lo que hemos perdido; si no lo hacemos, si no le damos un peso emocional importante, el día de mañana vamos a caer en lo mismo. Los seres humanos tienen una compulsión a la repetición. Esto a veces está reñido con la lógica. Uno de los aportes del psicoanálisis es que la lógica no es la dueña de la casa. Si no hacemos un verdadero duelo con respecto a lo que nos hemos equivocado, a la forma como hemos construido nuestra cultura, no tendremos la posibilidad de construir otra cosa; no es algo liviano, no es algo alegre, tenemos mucho por lo cual entristecernos y dolernos”, advierte Liberman.

El gran desafío implícito en cualquier transformación tanto individual como colectiva pasa por entender, quizás, de forma precaria, que quien se propone cambiar lleva dentro de sí el poder volitivo, pero también lleva dentro de sí las razones para no hacerlo.

¿Cómo Liberman nos explica la contradicción? “Así también sucede en el psicoanálisis. Se trata de una terapia larga porque quien llega con el deseo de cambiar también llega con el deseo de no cambiar. Como colectivo estamos ante la tentación de no cambiar, tenemos razones para no hacerlo”. Seguramente porque cediendo el poder de nuestras decisiones a un padre autoritario es posible lograr la supervivencia.

Todo cambio lleva implícito el riesgo de no poder ser llevado a cabo. Pero las metáforas están allí para movilizar la esperanza de que sí es posible hacerlo, sobre todo, cuando viejas estructuras logran ser desplazadas con mucho esfuerzo, planificación, estrategias y tácticas, capaces de movilizar a una nación entera. Pero también gracias a fuerzas creadoras que sólo surgen cuando nos percatamos de que reposan dentro de nosotros mismos.

miércoles, 11 de mayo de 2011

París es una fiesta inolvidable

La memoria se hace carne en la ciudad luz. Sus imágenes son un sueño para los viajeros del mundo entero, que ansían pisar la cuna de las crepe y de la joie da vivre

Mariela Díaz Romero



En el cementerio de Montparnasse, una “tranquila criatura” vigila el sueño eterno del escritor argentino Julio Cortázar. Hay quien asegura que es un cronopio. Lo cierto es que hasta aquí, al pie de su osario, llegan viajeros de todas partes del mundo para expresar su admiración por el autor de Rayuela, novela en la que Cortázar dejaría grabadas sus impresiones de la ciudad en la que vivió y murió.
Incluso habrá quien haya vislumbrado en una de sus caminatas al borde del Sena, esa “luz de ceniza y oliva que flotaba sobre el río” a través de la que el protagonista de Rayuela divisaba a la mítica Maga, que llegaba a su encuentro en el Pont des Arts.
Montparnasse convoca también a otros amantes-escritores como Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, quienes eran asiduos visitantes de sus cafés para explayar sus controvertidas tertulias. Porque París, la llamada ciudad luz, capital de Francia, deslumbra con sus rincones impregnados de recuerdos, con las presencias inalterables de los personajes que le dieron vida, con su arquitectura aquilatada por los grandes diseñadores y por el paso del tiempo.
Pasear por la ribera del Sena es un clásico que nadie debe perderse. Dayana Figarella, una viajera rendida a los pies de la capital francesa, afirma: “El perfil de la ciudad tiene aquí un encanto inconfundible que surge de la mezcla de azules y grises pálidos del agua y el cielo junto a los amarillos del otoño que bordean el embarcadero”. Una de sus calles conduce a la joya de la arquitectura gótica, la catedral de Notre Dame, o Nuestra Señora de París, cuya construcción se inició en 1163 por el obispo Maurice de Sully, y concluyó en 1365. Sus 5 naves y 37 capillas cuentan con la iluminación que les dan los tres rosetones de 13,5 metros de diámetro cada uno, además de las 113 vidrieras.
Caminando río arriba es posible llegar al Museo del Louvre. El que un día fue el suntuoso palacio del rey sol, Luis XIV, el Louvre, fue inaugurado el 8 de noviembre de 1793 como museo en plena Revolución Francesa. Hasta 1870 estuvo unido al Palacio de las Tullerías; en 1989 se alzó la pirámide de cristal que funciona como antesala al museo, la cual fue proyectada por Leoh Ming Pei. El Louvre junto al Centro Georges Pompidou, el Museo de Orsay y el Museo Rodin conforman un recorrido de lujo para los amantes del arte.
Mientras el Centro Georges Pompidou está dedicado al arte contemporáneo, el Museo de Orsay es peculiar por haberse concebido en una olvidada estación de ferrocarriles. Pone de relieve obras del impresionismo. El año pasado, del 15 de abril al 20 de julio, el Museo de Rodin ofreció una amplia retrospectiva de la escultora Camille Claudel, con quien Rodin vivió un profundo romance. La muestra, además de las obras esenciales de Claudel, mostró la correspondencia de los amantes así como fotografías de época.

Con sabor a bohemia y libertad
Si lo que se desea es perderse por viejas y estrechas calles buscando pintores al aire libre, cafecitos llenos de encanto donde sorber un buen café au lait o una crépe en alguna patisserie de tradición, ese lugar es Montmartre. En sus calles palpita el mito del París decimonónico, adonde llegaron creadores de todas partes del mundo detrás de la inspiración y la joie da vivre. Quizás pocos lo encontraron; quedan no obstante algunos testimonios de la vida nocturna que reverberaba en cabarets al estilo Moulin Rouge y Folies, que fueron inmortalizados por Toulosse-Lautrec en sus carteles, donde sobrevive la belleza decandente de las trouppe de bailarinas de mademoiselle Eglantine.
Para subir hasta la colina donde está enclavado el Sacré Coeur (la basílica del Sagrado Corazón) hay que tener piernas fuertes y el corazón abierto. La medalla después del esfuerzo es contemplar plácidamente una vista encantadora de París... o de la ciudad anónima que se crea al compás de las miles de lenguas que aquí se dejan escuchar.

Corazón joven

Un encuentro inevitable es el que conduce hasta el boulevard Saint Michel y el Quartier Latin (Barrio Latino). Era un café de la place Saint Michel el que solía frecuentar Ernest Hemingway durante los años de bohemia literaria, la década de los 20, que pasó en París, y que cuenta en su libro París era una fiesta.
En esta zona las boulangerie están a la orden del día. El viajero deseoso de probar bocadillos de la cocina francesa encontrará en éstas una opción para bajos presupuestos.
El Quartier Latin, que debe su nombre a las comunidades de estudiantes que allí habitaron durante la Edad Media y que se comunicaban en latín, conserva su aire estudiantil: en sus predios se erigen algunos de los edificios de la Universidad de La Sorbona. Es interesante recorrer en esta zona el Panteón, el teatro del Odéon y el museo y el jardín de Luxemburgo, donde Hemingway solía pasear con la también escritora Gertrude Stein.

Exquisiteces parisinas
Otras caminos conducen irremediablemente a lugares emblemáticos de la ciudad como el Arco de Triunfo, situado en la Place de l’Etoile (plazas de las Estrellas) y los Campos Elíseos. Con sus 50 metros de altura y 45 metros de ancho, este Arco de Triunfo es el segundo más grande del mundo. Napoleón Bonaparte ordenó su construcción en 1806 luego de alcanzar la victoria de Austerlitz. Cada uno de sus cuatro pilares representan ideales del pueblo francés: la resistencia, el triunfo, la paz y la marsellesa (su himno). Luego es posible continuar el recorrido por la inmensa avenida de los Campos Elíseos: bulliciosa, plena de personas que disfrutan su vivacidad a cualquier hora del día, pero sobre todo en la noche. Cafés, terrazas, discotecas, restaurantes, cines, tiendas de alta costura y de diseñadores renombrados, hacen de esta avenida el lugar perfecto para encontrar el verdadero sentido del glamour.
Cierra este recorrido la visita a la Torre Eiffel , ícono parisino por excelencia. Situada frente a Trocadero y junto al jardín Campo de Marte, la torre que en 1889 diseñó para la Exposición Universal el ingeniero francés Gustave Eiffel se eleva a 324 metros. Ya sea a través de escaleras o ascensor, tocar su último piso es alcanzar un skyline inolvidable de la ciudad.

Datos vitales

Cómo llegar
Air France: 0800 1004949.

Dónde dormir
En París existen opciones para todos los bolsillos. No obstante, los hoteles suelen ser bastante costosos. Una posibilidad de conseguir alojamiento a precios asequibles es buscar los llamados B&B (bed and breakfast), que ofrecen hospedarse en una habitación en casa de una familia. Incluye desayuno y además invalorables consejos de los dueños de casa. Más información en la página web de la oficina de turismo de París.

Imperdibles
-Cena a la luz de las velas por el Sena. Incluye navegación de tres horas en barco de la Marina de París; guía; traslado; menú que incluye entrada, plato principal, queso y postre. Bebidas aparte.
-Admirar los colores de Notre Dame. Usualmente en verano es posible disfrutar del caleidoscopio que proyectan los rosetones de la catedral ubicada en la Ile de Cite.
-Visitar la casa de Nicolás Flamel. Fue construida en 1407, se dice que es una de las más antiguas de la ciudad. Aquí vivió el personaje que Harry Potter y sus amigos buscan incansablemente en La piedra filosofal: el alquimista que logró cambiar el plomo en oro, y cuya leyenda aún palpita en el número 51 de la calle Montmorency.
-La librería Shakespeare and Company. Situada en el 12 de la rué de l’Odéon, fue en los años 20 del siglo XX, biblioteca circulante además de librería. En su primera visita y a pesar de que no tenía dinero para pagar el préstamo, Hemingway se llevó ejemplares de Turguéniev, D.H.Lawrence y Dostoievsky.
-Tomarse una foto en la rue del Chevalier de la Barre. ¿Quién no ha soñado con subir al Sagrado Corazón por la empinada calle con el pasamanos en el centro? La calle del Chevalier de la Barre se mantiene exclusivamente peatonal y conserva su aspecto original, sus escaleras irregulares y con adoquines en los escalones.
(Artículo publicado en SBA Report, en 2009).

lunes, 9 de mayo de 2011

Melendi en el Forum de Valencia



“Volvamos a empezar” es el título del más reciente trabajo discográfico del cantautor español, que mostrará su lado más rockero en esta gira

Mariela Díaz Romero


Venezuela espera a Melendi. Y es que el público local tendrá la oportunidad de volver a apreciar en escena el “duende” del artista asturiano los próximos 19 de mayo, en Caracas, en el Anfiteatro del Sambil, y el 21 de mayo, en el Forum de Valencia.
A través del hilo telefónico, la voz de Ramón Melendi Ospina se siente calmada, a pesar de que ha tenido varias llamadas de prensa internacional. Cuesta relacionar esta voz dulce con la que sale de la garganta del rockero cuando en la canción “Mi Ley”, una de las que integra su último disco “Volvamos a empezar”, no vacila en cantar: “Lucho por la gente que todavía me escucha…/ Lucho por vosotros que sois mis guerreros y venís aquí pa’ levantar vuestros mecheros…/ Mi ley es que no tengo ley/ Yo soy mi propio rey/ Esa es mi única ley”.
Compositor, cantante y arreglista de todas sus producciones, Melendi aseguró tener ganas de regresar a Venezuela. La recepción del público venezolano ha sido para él una grata sorpresa, por eso ahora su gira incluye Valencia. Este disco, “Volvamos a empezar”, es como él afirmó más rockero. La guitarra flamenca se ha dejado de lado, mas no el estilo inconfundible de Melendi. Sus canciones, que ahondan en las penas, en los altibajos de la vida, en el desamor, en la tristeza y en la lucha de vivir siguen cautivando. Al respecto dijo que siempre consigue expresarse mejor a través de esos temas, de las cosas drásticas, pero ello no destierra el “duende” que supo sacar a relucir en las producciones anteriores, y ahora está presente en la cadencia rockera de guitarras y batería.
Además de Venezuela, Melendi estará en México y Colombia, porque para cualquier artista hispano el público de Latinoamérica es muy importante, afirmó el cantante. Desde hace mes y medio, algunos de los temas de “Volvamos a empezar” ya se escuchan en España. Después de América Latina visitará algunos países de Europa, como Bélgica.

Verano que suena
Entre los hits del verano español, ya Melendi es uno de los cantautores que ha logrado alcanzar un lugar entre los temas del “top ten”. Este año aún no han definido el tema que lanzarán en verano porque —dijo Melendi— se están concentrando en la gira internacional.
Para la producción de “Volvamos a empezar” contó con la participación del productor José Castro “Jopi”, en la grabación del álbum. El disco está formado por 12 temas, más un “gost track”.
Con el disco anterior, “Curiosa la cara de tu padre”, el cantautor asturiano consiguió en diciembre de 2008 el Premio 40 Principales al Mejor Solista Masculino.
La crítica especializada ha expresado acerca de “Volvamos a empezar” que refleja su crecimiento como músico, compositor e intérprete, y en el que “da rienda suelta a una lírica que dibuja el lenguaje y pulso de la calle”.
Los interesados podrán informarse sobre el costo de las entradas en http://www.tuticket.com/, www.emporiogroup.com y a través de la cuenta Twitter @EmporioGroup.


(Publicado el 10 de mayo de 2011 en El Carabobeño).














Eight Street: la calle de la gente feliz

Hace varias décadas los cubanos llegaron a Miami para hacer de esta ciudad su nuevo hogar. Hoy en día, La Pequeña Habana —como se le conoce a la calle 8— es una muestra del carácter alegre y relajado de este pueblo que ha sumado otras nacionalidades latinoamericanas en este mosaico multicolor

Mariela Díaz Romero




Sólo un latinoamericano, un caribeño, como Héctor Lavoe, podía haber cantado el coro de aquella canción que decía: “Vivir sin sentir vergüenza de vivir feliz…”. Si algún pueblo del mundo se jacta de esta condición es el gentilicio latinoamericano, que ha llevado su alegría, su desparpajo y su salero allí adonde por diversas causas le ha tocado ir. La calle 8 de Miami, mejor conocida como Pequeña Habana o Little Havana es una muestra de ello.

Ubicada entre la calle 12 y la avenida 27, en el condado de Miami-Dade, Eight Street tiene una historia que se remonta a la década de los 50, específicamente al año 1959 cuando esta ciudad fue el destino elegido de los cubanos que debieron emigrar de su país en el momento que la Revolución Cubana llegó al poder. Muchas de las familias pudientes que hacían vida en la isla mientras estuvo bajo la dictadura de Fulgencio Batista debieron salir hacia un exilio, que persiste hoy en día.

Esta circunstancia hizo de la capital de la Florida, según cifras del censo norteamericano para el año 2008, la cuarta ciudad más poblada de Estados Unidos, con 5,4 millones de habitantes. De éstos, 34,1% son cubanos. Asimismo, según un estudio realizado por el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas, es la primera ciudad del mundo con mayor cantidad de residentes nacidos fuera del territorio, seguida por Toronto, Canadá. No obstante, Eight Street es hoy en día una mixtura de inmigrantes que han llegado desde todos los rincones de Latinoamérica: Nicaragua, Haití, Honduras, República Dominicana, Colombia, Venezuela… para llenarla de alegría de vivir, cálida diversión y sabor tropical.

Carnaval
Uno de los eventos más esperados por todos los latinoamericanos de Estados Unidos es el popular y concurrido Carnaval de la Calle 8. Por una semana del mes de marzo, millones de personas se gozan la fiesta del Rey Momo que, a lo largo de 23 cuadras, ya ha sido incluida en el Guinness Book of World Records por haber hecho gala, un 13 de marzo de 1998, de la fila más larga de la historia conformada por 119.000 almas que movieron sus cuerpos al ritmo de la conga.

Además de buena música, comida típica, disfraces y comparsas, el Carnaval de la Calle 8 convoca a un conglomerado que sabe cómo disfrutar las cosas buenas de la vida. Hoy por hoy estas fiestas son amenizados por artistas internacionales como Oscar De León, el grupo Niche, el Gran Combo, Sergio Vargas, Carlos Ponce, entre muchos otros.

Viernes culturales
Quizás nunca pensaron los organizadores de aquel primer festival carnestolendo que se llevó a cabo un 9 de marzo de 1978, que este evento se convertiría en un símbolo del espíritu festivo de la comunidad hispana que hace vida en Eight Street. Y es que aquí la pachanga no se limita al Carnaval. Teatros, parques, restaurantes, cines y cafés realizan múltiples actividades que dan cuenta de la diversidad cultural latinoamericana. Uno de ellos son los Viernes Culturales o Cultural Friday. El último viernes de cada mes la fiesta latina se apodera de la calle: música, bailes, performances… entre otras manifestaciones son cita obligada para muchos que con sus familias buscan relax y diversión aderezada por la degustación de un buen plato típico y de una bebida refrescante.

El parque Máximo Gómez, mejor conocido como el parque del Dominó, es el sitio de reunión de la vieja generación de cubanos, que al golpeteo de las comúnmente llamadas “piedras blancas” comentan las noticias y el devenir del día a día. Verlos jugar dominó o ajedrez es una buena ocasión para hacer un break bajo los árboles frondosos del lugar. Muy cerca de allí se encuentra el Paseo de las Estrellas de la Pequeña Habana. Aquí actrices, actores, cantantes, escritores y en general los artistas latinoamericanos tienen el sincero reconocimiento de sus paisanos.

Cuando haya pasado la efervescencia de la celebración, diríjase a la esquina con la calle 13. Aquí, en un parque se rinde homenaje a diferentes héroes de la isla. En este remanso los monumentos rememoran las acciones patrióticas de personajes de la historia cubana como José Martí y Antonio Maceo. La llama del recuerdo arde en memoria de los héroes caídos en la invasión de Bahía de Cochinos. La Ceiba espléndida que abre su ramaje para cobijarlos con su sombra guarda también numerosos objetos que, a su pie, arrojan los visitantes. Una leyenda urbana dice que los objetos deben permanecer en su sitio. De lo contrario, el sustractor verá pagada su osadía con largos años de “very bad luck”.

Comer y beber
Degustar la gastronomía cubana es un impelable de esta gozadera. Si de algo puede dar muestra la Calle 8 de Miami es la de contar con restaurantes de comida cubana donde podrá saborear los plátanos maduros, tostones, palomilla, ropa vieja o moros y cristianos.
En El Pescador sirven una buena tortilla de camarones o si lo prefiere pida croquetas de pescado. Casa Juancho es otra opción para degustar frutos del mar acompañados por un buen vino. Merengue Café y Restaurant ofrece platos típicos de la cocina dominicana como chivo, mofongos y habichuelas con dulce. Eso sí, adonde quiera que vaya no deje de sorber el tradicional Mojito cubano, bebida a base de ron, vodka, azúcar en el borde del vaso, en el fondo hierbabuena y mucho hielo picado!


(Artículo publicado en SBA Report. 2009)

domingo, 8 de mayo de 2011

La última palabra de Fernando Vallejo tendrá ritmo de Guaguancó



En 2003 recibió como parte del galardón más importante de las letras hispanoamericanas, el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, 100.000 dólares, que donó a sociedades protectoras de animales


Mariela Díaz Romero

Colombia: un amor frustrado. La literatura: su oficio porque no le quedó otra opción ante el desempleo. La música: un intento fallido. El cine: un embeleco y una “novelería del siglo XX”. Vivir: el dolor más grande. La felicidad: una falacia literaria. Este es Fernando Vallejo, el más mexicano de los colombianos, ganador del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, en 2003, por su novela El desbarrancadero (Alfaguara, 2001) y defensor a ultranza de los animales.
Cuando Vallejo ganó el Rómulo Gallegos, su amigo, el también escritor colombiano Héctor Abad Faciolince lo llamó a su casa, en México, para felicitarlo. Vallejo, nacido en Antioquia, la región en la que vive Abad Faciolince, le preguntó: “¿Qué estás viendo por la ventana de tu casa?”. Abad le contestó: “Las montañas, Fernando, las montañas”. Vallejo replicó: “Yo también las estoy viendo en este momento, a través de tus ojos”. Aunque Vallejo lleva más de 30 años viviendo en México, pasó su infancia y juventud en su ciudad natal, Medellín, donde nació el 24 de octubre de 1942.
Ciertamente Colombia y sus vicisitudes, las condiciones en las que vive la población asediada por la guerrilla, el narcotráfico y los paramilitares es tema constante en la novelística de Fernando Vallejo, que además de escritor, es cineasta, biólogo y músico.
Sin embargo, Vallejo no asume a Colombia como tema de sociólogos ni de urbanistas o políticos, su vivencia del país donde nació está marcada por la pasión y la nostalgia. Para Héctor Abad Faciolince, la pregunta de Vallejo dejaba entrever su nostalgia, el sentir de un desterrado, “porque uno, viva donde viva, añorará siempre el sitio donde pasó la juventud, es decir, esos años en los que se cultiva la ingenua esperanza de que existe un lugar para la felicidad”, escribió Abad.
Nada más alejado de la esencia de Vallejo que las palabras ingenuidad o felicidad. La ingenuidad de su infancia está poblada de recuerdos de un país que ya no existe: “Colombia es una mezcla de muchas cosas, maravillosas y terribles, como es la vida. Yo he vivido siempre enfermo de nostalgia, pero una nostalgia incurable, porque la Colombia que yo dejé no es la de ahora. La Colombia que yo añoro es la de mi juventud. Esa ya no existe (...) Mientras Colombia iba cambiando por su lado yo iba cambiando por el mío, entonces nos fuimos alejando cada vez más, y ahora el retorno es imposible”.
En mayo de 2007, Vallejo, al recibir la nacionalidad mexicana renunció a la colombiana; en ese momento expresó que esa “mala patria de Colombia” ya no era la suya. “No quiero volver a saber de ella. Lo que me reste de vida lo quiero vivir en México y aquí me pienso morir. Colombia me cerró las puertas para que me ganara la vida de una forma decente (...) y me puso a dormir en la calle tapándome con periódicos y junto a los desarrapados de la carrera Séptima y a los perros abandonados. Desde entonces considero mis hermanos a los perros”. Por esto no fue extraño que los 100.000 dólares que recibió por el Rómulo Gallegos los haya donado a instituciones venezolanas protectoras de animales, entre ellas, la fundación caraqueña Mil Patitas.
El autor de la saga autobiográfica El río del tiempo (1986 – 1993, que comprende seis novelas) también escribió las biografías El mensajero (1991), y Almas en pena, chapolas negras (1995), ambas abordan la vida de dos grandes poetas colombianos: Porfirio Barba Jacob y José Asunción Silva, respectivamente; además La virgen de los sicarios (Alfaguara, 1998), una de sus novelas más importantes e iniciadora de la llamada “sicaresca antioqueña” por reflejar el clima de violencia urbana que impera en la nación neogranadina; en ella, a través de un monólogo sin divisiones en capítulos, un hombre maduro y homosexual cuenta su relación amorosa con Alexis, un adolescente sicario. En el ensayo La tautología darwinista (2002) refuta las tesis evolucionistas; con La rambla paralela (2002) anunció su retiro del mundo literario. Mi hermano el alcalde (2004) es un testimonio, cercano a la crónica, del periodo en el que su hermano Carlos fue alcalde de Támesis, un pueblo cercano a Medellín. Continúo con los ensayos Manualito de impostura física, y La puta de babilonia (2007), sobre la iglesia católica.
Al anunciar su retiro del mundo literario, el site Clubdelibros.com le preguntó por qué lo hacía justamente cuando se había convertido en una celebridad. “Estoy escribiendo el libro de mi muerte —respondió Vallejo—. Ya siento que se está acabando mi programa. En cuanto a la literatura, no tengo nada más que decir, ni ganas de decir nada más. Este libro que estoy terminando, y que se llama La rambla paralela, será lo último que yo escriba de literatura. Escribiré, pero ensayos de otras cosas. No voy a repetirme”.
Aunque se retire o aleje de las letras, Vallejo seguirá siendo polémico, irreverente, crítico iracundo, furiosamente lexical, con una prosa extraordinaria para dejar por sentado su agudo sentido de la realidad. Seguirá intacto su amor por los animales, a los que considera sus prójimos (“Todo el que tiene un sistema nervioso para sentir y sufrir es nuestro prójimo”). Y aunque muchos lo califiquen de inmoral no sólo por sus certeras pedradas a figuras de doble faz, como la iglesia y los políticos, sino por haber asumido su homosexualidad sin tapujos ni vergüenzas, Vallejo sólo contesta que simplemente ha vivido como ha querido, y que ha escrito “por ganas de joder” y molestar a los hipócritas.
“Voy a escribir un libro, el último, El don de la vida, sobre mi muerte inminente y el balance de mi desastre, y lo voy a escribir oyendo a José Alfredo Jiménez, a Leo Marini, a Daniel Santos...”.


(Artículo publicado en 2009, en la revista Aserca Report, Venezuela).

viernes, 6 de mayo de 2011

Mérida de trigo y frailejón





La ciudad de los caballeros ofrece siempre gratas sorpresas para sus visitantes. Muchas son las opciones por conocer, pero en esta oportunidad vale la pena tomar en cuenta cuatro alternativas de ganador: Jají, Los Nevados, la Laguna Negra y San Rafael de Mucuchíes. Sus peculiaridades colmarán de calidez los pasos que trajinan estas frías tierras

Mariela Díaz Romero



Cuenta una leyenda que Caribay, “el genio de los bosques aromáticos, primera mujer entre los indios mirripuyes”, se quedó prendada de cinco enormes águilas blancas, “cuyos cuerpos resplandecientes producían sombras errantes sobre los cerros y montañas”.
Era tal su fascinación que corrió detrás de ellas. Imploró a los dioses que la arroparan con el raro pelaje de estas aves antes que ellas se posaran —para siempre— en el punto más alto de unos riscos desnudos.
La petición de Caribay no fue cumplida, porque las águilas son las perpetuas cumbres nevadas que custodian el cielo andino venezolano. Así lo relata la tradición indígena que el escritor merideño Tulio Febres Cordero narró en "Cinco águilas blancas".
Si usted aún no conoce alguna de las cumbres nevadas en la región andina, debe hacerlo pronto. O al menos divisar lo que queda de estas nieves perpetuas. Según estudios de la Universidad de los Andes gran parte de estos hielos perennes, dentro de 10 años, desaparecerán.


Tres sierras de los Andes atraviesan el estado Mérida: la Nevada, Santo Domingo y Norte o más conocida como La Culata. El monte más alto de la Sierra Nevada es el pico Bolívar, con 5.007 m.s.n.m, que lo convierte además en el más alto del país.


Otros de importancia en la sierra Nevada son el Humboldt (4.942 m), La Concha (4.992 m), Bonpland d (4.883 m); Del León (4.740 m) y la Silla del Toro (4.775 m); Mucuñuque (4.672 m) corona la sierra de Santo Domingo.


Uno de los lugares más atractivos antes de arribar al estado Mérida (si viene por la carretera Trasandina) es el pico El Aguila (4.007 m), que a pesar de su nombre representa un cóndor.
Sus 4° grados centígrados (de temperatura media diaria) se hacen sentir apenas el viajero desciende del vehículo, para acercarse al monumento con forma de cóndor.



Para los precavidos el recorrido a la intemperie suele ser corto, ya que es posible instalarse en un restaurante vecino a sorber chocolate caliente; miche andino, licor típico de la zona elaborado a base de hinojo; o calentaito, licor típico que lleva miel, frailejón así como 27 especies distintas (entre ellas anís, guayabita, clavito, nuez moscada y manzanilla). Mientras los más osados que se deslumbran con este clima poco usual en el país, pueden correr el riesgo de sufrir mal de páramo y enturbiar el viaje.



Entre cactus, cardones, cujíes, arbustos y frailejones se desliza silenciosa la carretera trasandina. A los lados corre, por las faldas de la montaña, el agua embravecida de algún río montañoso. De cortos recorridos y de imposible navegación, la toponimia de estos caudales rebota contra los riscos de las riveras: mocotíes, albarregas, mucujún, chama, motatán, escalante, torondoy... ellos custodian los pasos andariegos que se fascinan con este bramar de aguas incesante y sonoro.


Mérida, capital del estado homónimo, ciudad de los caballeros, recibe cordial y agradecida. Numerosos sitios le han ganado su fama turística por excelencia: en su casco central se encuentra la catedral, cuya construcción emula la de Toledo, en España; así como otras edificaciones de interés: el rectorado de la ULA y el centro cultural Tulio Febres Cordero. Con la magnífica vegetación que la rodea es indispensable visitar sus parques como el zoológico Los Chorros de Milla, el Jardín Botánico en La Hechicera, o el muy conocido parque Beethoven con su reloj musical, que deja sonar melodías del compositor alemán. También vale la pena visitar el mercado municipal y la plaza de las Heroínas, adyacente a la estación del Teleférico más alto y largo del mundo.

Cuatro destinos imperdibles
San Rafael de Mucuchíes. A 55 kilómetros de Mérida, se encuentra este poblado que con 3.122 m.s.n.m es uno de los más altos del país. Enclavado entre montañas, desde sus callecitas estrechas se pueden ver los cultivos que salpican de verdes diversos las laderas de los cerros. La edificación de mayor importancia es la iglesia de piedra del artista plástico Juan Félix Sánchez (1900-1997). Combinaciones de distintos tipos de piedras encajan a la perfección en esta pequeña capilla de interior reducido y dedicada a la virgen de la Coromoto, patrona de Venezuela. En la entrada hay un pequeño jardín repleto de flores de colores, y se dice que es la obra maestra del artista singular que hizo de El Tisure un lugar encantado por la magia de su arte.

La laguna Negra. Para llegar a esta magnífica laguna se debe partir desde la de Mucubají. Tomando la vía desde Apartaderos con dirección a Santo Domingo se accede al parque nacional Sierra Nevada. Se ubica la entrada a la laguna y desde allí se camina por cerca de 10 minutos hasta encontrarla. Desde este punto se puede ir a pie a la Laguna Negra (son cerca de tres horas de caminata, ida y vuelta) o con caballo. Adentrarse en el páramo hasta la laguna Negra es una experiencia que acerca al viajero a la fascinante naturaleza de alta montaña. Muchas veces una neblina espesa se posa sobre el espejo de aguas. Otras, el sol brilla en el cielo despejado y el viento forma ondas y reflejos en la superficie, cuya oscura profundidad inspira su nombre.

Jají. Con 1.780 m.s.n.m, Jají es uno de los pueblos más antiguos del estado: fue fundado en 1580; posteriormente fue despoblado y refundado en 1610 como San Miguel de Jají. Su topografía de calles empinadísimas hacen peculiar a este poblado agrícola, cuyas bondades turísticas se han enfatizado en los últimos años. Alrededor de la plaza Bolívar se han restaurado las casas de bahareque y techos de tejas. Pintadas de blanco con bordes en azul marino, viejos ventanales y puertas de madera oscura, estas casonas destacan por la uniformidad del conjunto. Frente a la plaza está la iglesia dedicada a San Miguel Arcángel. Recorrer el pueblo por sus enormes aceras permite encontrar restaurantes de gastronomía tradicional, negocios de dulces típicos, abrillantados o de fresas con crema, así como otros de artesanía con esculturas en madera y textiles.

Los Nevados. A 3.000 m.s.n.m, en las profundidades de las montañas se halla este pequeño reducto de civilización, conformado por 10 aldeas. Una de las formas de llegar es con mula, desde la estación Loma Redonda del Teleférico; o a pie, para los deportistas extremos. Otra posibilidad es subir en vehículos 4 x 4, saliendo desde Mérida con dirección a Plan El Morro. Si se toma el trayecto desde Loma Redonda, en la sierra Nevada, se arribará al pueblo luego de unas cuatro horas. El camino angosto, flanqueado por los cerros soberbios, con el rumor del viento como compañía y la respiración de los aventureros perdida en el eco de las altitudes será una experiencia inolvidable. A pesar de su aislamiento aquí existen posibilidades de hospedaje y de comida a precios módicos, tanto en posadas como en las casas de los lugareños. Muchos de sus habitantes, que llegan a ser apenas 2.000, no viven en el centro sino en los alrededores. En el casco central se ubica su minúscula plaza, una iglesia y después de algunas curvas el caserío se deja ver breve pero imponente entre los verdes que alucinan. Las casitas de tejas y bahareque reposan sobre la calle de piedra mientras la presencia inalterable del pico San Pedro sentencia que se está en el pleno corazón de los Andes.



(Artículo publicado en la revista Aserca Report. Año 2008).