martes, 22 de febrero de 2011

El Estambul de Orhan Pamuk




El escritor, primer turco en obtener el Nobel de Literatura, traza para los lectores-visitantes, una cartografía de las calles, palacios, mezquitas, baños turcos y bazares de su enigmática ciudad natal




ANTONIO POLITANO

La Repubblica

Versión: MARIELA DIAZ ROMERO

Una ciudad es un organismo vivo y en las manos de un escritor puede convertirse en un personaje de fibra poética. Así sucede con Estambul en la mirada de Orhan Pamuk, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2006.

Él convierte a su ciudad natal en escenario de muchas de sus obras y núcleo, en particular, de Estambul, ciudad y recuerdos, libro de memorias a la vez que reconstrucción histórica; doble retrato: de la compleja ciudad -heredera de la gloria de Bisanzio y Constantinopla, alegoría del exotismo- hoy megalópoli de 20 millones de habitantes y centro existencial del escritor que, salvo por motivos de estudios, nunca ha salido de ella.

Historia de un lugar y de sí mismo, autobiografía geográfica que tiene sus raíces en la infancia y en la adolescencia del hijo de una familia acomodada del elegante barrio de Nisanti, donde aún existe junto a la mezquita de Tesvikiye, el Palacio Pamuk.

La suya es una Estambul lejana de la postal, de las proyecciones de los extranjeros; más bien es una ciudad nutrida por las cicatrices y paisajes del pasado. A esta urbe la atraviesa un sentimiento de tristeza y melancolía que nace del sentido de fracaso heredado del imperio otomano, de la decadencia de las metrópolis modernizadas caóticamente.

Estambul está en el cruce de los continentes (Europa en la orilla oeste, Asia al este); si bien hoy es la Babel cosmopolita del pasado, muchos de sus habitantes continúan teniendo un pie en una cultura y el otro en una muy distinta. No es importante precisar si se trata de Oriente o de Occidente, y cómo se compenetran un lado con el otro.

Estambul es un unicum, una mezcla milenaria. Pamuk ofrece una contra-guía de Estambul. El atractivo de su ciudad permanece bajo un trazado secreto. Ciertamente él ama las mezquitas, los panoramas de la vieja ciudad dominada por espectaculares skylines, el juego de luces entre las cúpulas y los "minaretes", el río Bósforo, el Corno de Oro y el mar de Mármara.

El suyo es un homenaje al centro histórico, en el que se encuentran muchas obras antiguas e imponentes de cuya belleza y luminosidad depende la fuerza de Estambul: los templos imperiales, Suleymaniye (la mezquita del sultán Solimán II el Magnífico, creada por el Miguel Angel turco, el arquitecto Sinan Hoga); Sultanhamet y la misma Santa Sofía, la mayor iglesia de la cristiandad transformada en mezquita después de la Conquista de 1453; el palacio del sultán de Topkapi, el símbolo más ostentoso del imperio otomano; el Gran Bazar.

Pamuk sugiere practicar no solamente el rito de la contemplación; pasearse por la ciudad y dejar espacio a la exploración sin prisa. Tal como le sucedió cuando llevó a su primera novia, una joven llamada Rosa Negra, al barrio viejo, en el que aquellos ojos habituados a las zonas más pudientes de la ciudad descubrieron lugares inéditos. Hoy entiende por qué algunas parejas de turistas se fotografían en los jardines entre la mezquita Azul y Santa Sofía, como si estuviesen visitando un mundo nuevo.

No escapan a las páginas de Pamuk los conventos de los dervisci, en el monasterio Mevlevi de Galata se puede ver una muestra de la sema, su danza-oración; los hamah (históricos baños turcos de los cuales se pueden visitar Cemberlitas y Cagaloglu); los bazares, paradas obligadas para el visitante. Uno de ellos es el Gran Bazar, en el que se pueden buscar miniaturas; además de los mercados de libros antiguos y de especies. Pamuk toma de la mano a su lector-visitante y lo lleva hasta las murallas de Teodosio; las pequeñas mezquitas; lo hace visitar las iglesias bizantinas en ruinas (cómo dejar de incluir la Chora, aquellos museos que detrás de sus muros anónimos esconden una magnífica concentración de mosaicos y frescos); subir cuestas empedradas; descansar en plazas olvidadas; avizorar las casas de madera aún en pie como las de Fatih o Cihangir, frecuentemente arrasadas por las llamas y muchas de ellas actualmente sustituidas por palacios de cemento; admirar las villas construídas por la élite otomana a lo largo de la ribera del Bósforo. Y, sobre todo, Pamuk celebra continuamente el Bósforo: ese estrecho de mar que divide la parte asiática de la parte europea de Turquía, y por ende divide en dos a la ciudad de Estambul. Su cauce estrecho, de 32 kilómetros de largo es "el mejor punto de observación de la ciudad", tantas veces navegado por el escritor en paseos dominicales, escapadas adolescentes, en caminatas con amigos y amantes. Pamuk aconseja el paseo en barco que cada mañana parte desde Eminou, a las 10:30 am, y sube zigzagueando por el estrecho hasta Anadolu Kavagi, la última parada sobre la ribera asiática antes de encontrar las aguas del Mar Negro. La travesía dura cerca de cinco horas y no conviene descender si no al final, bien para retornar en autobús a través del borde asiático: hasta Kadikoy, la Calcedonia fundada por los colonos griegos, antes de Bizancio; o a Uskudar, la antigua Scutari, rica de velos y de mezquitas, construídas justo allí (en el punto de Estambul más cercano a la Meca), para ganar indulgencia en el paraíso.

El puente de Galata, que al inicio del estrecho del Bósforo une las dos orillas del lado del Corno de Oro, es para Pamuk el corazón de la ciudad; allí se condensa el tráfico, los pescadores al atardecer, los restaurantes, los vendedores ambulantes que ofrecen sándwiches de pescado a la brasa. Desde el puente de Galata comienza Beyoglu, el barrio antiguo llamado Pera, que Pamuk cita a menudo; se trata de la zona europea de Estambul; es la ciudad nueva, sobre el lado norte del Corno de Oro. Hoy se encuentra en un proceso de recalificación urbana que busca revalorizar la zona, hoy repleta de negocios y locales de moda. Longitudinalmente la atraviesa Istikal Caddesi, que fue la gran calle de Pera, que junto a la calle Taksim, han sido el centro y la plaza más grande del mundo de Pamuk: "Donde viví desde mi infancia". Por este boulevard se puede pasear y comprar. Allí se encuentra un animado mercado de especies en el que es posible degustar delicias típicas, como las brochetas de cordero, o finezas en la pastelería Markiz, de estilo Art Nouveau, un rincón parisino en la puerta de Oriente.

Cerca, en las vidrieras de la librería ubicada frente al antiguo y prestigioso liceo de Galatasary, se asoma la sonrisa de Pamuk -que celebra el primer Nobel otorgado a un escritor turco- desde el tapiz que forman las ediciones de su libro Estambul.

Información: info@turquia.com (artículo publicado el 22 de junio de 2008. Suplemento Viajes, página 10. Encartado con El Nacional, Caracas, Venezuela)