miércoles, 2 de marzo de 2011

Espectáculo desde la ventana


El tren que atraviesa el valle Vigezzo, desde Domodossola hasta Locarno, se encuentra con cascadas y glaciares para ofrendar un escenario natural de gran belleza

Texto de PINO CACCUCI

La Repubblica/Italia

Versión MARIELA DIAZ ROMERO

En verano, atravesar el valle Vigezzo desde Domodossola y después el Centovallo en el Canton Ticino, hasta Locarno, es un espectáculo de verde en todas las gradaciones que colma los ojos y reanima los pulmones, mientras que de invierno con esta extensión de nieve virgen es fácil abandonarse a ciertos recuerdos cinematográficos y evocar los trenes del Doctor Zhivago: la Vigezzina es una de las vías de tren que atraviesa los alpes con el trazado más sugestivo, revela cascadas con los glaciares al fondo, una verdadera obra maestra de ingeniería inmersa en la naturaleza.

Una caminata por Domodossola nos permite admirar un centro histórico de arquitectura ossolana conservado con verdadero afecto, en el que resaltan la plaza del Mercado, el edificio de la Collegiata o el Palacio Silva, que data del 600, todo coronado por el suntuoso panorama de los alpes lepontinos que aprieta al paisaje en un abrazo silente y majestuoso. Una visita imperdible es el Sacro Monte y el célebre Santuario del Crucifijo, edificado por los capuchinos en 1657 en el Moncucco, un templo bastión fortificado y declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Para alcanzar la Vigezzina hay que ir al subsuelo. En Domodossola, esta línea de ferrocarril se alcanza a través de escaleras mecánicas o ascensores. El tren se ubica en la oscuridad de una galería, pero enseguida el sol irrumpe en los compartimientos cuando inicia su marcha en silencio en la explanada de Domodossola con el río Toce a un lado; basta dejar atrás la estación de Masera para comenzar a escalar sobre las curvas que se elevan hasta los 800 metros desde Orceso, ahí nos volcamos sobre el valle de origen glaciar que divide la Ossola del Tesino (Ticino). En este escenario de pequeños valles excavados, de torrentes, bosques y prados nevados se inicia también un recorrido de la memoria, aquella de los vigezzinos, emigrantes no tanto por vocación sino por necesidad, entre los que se cuentan una increíble cantidad de personajes singulares, de inventores geniales muchas veces a su pesar o en forma del todo casual.

El valle Vigezzo es sobre todo un territorio de descubrimientos locos, recordemos el tabaco para oler, el agua de colonia, el balón aerostático, incluso el calorífero.

Otra prerrogativa de este valle es la proliferación de brujas y fantasmas: las leyendas cuentan un milenio, desde el primer medioevo a apenas ayer, en un jolgorio de brujos, bribones sin descanso o demonios burlones, además de frecuentes apariciones de muertos.

Mucho más tangible es, en cambio, la presencia de contrabandistas, tradición igual a la de los deshollinadores, que tenían por compañera a la luna –el sol zíngaro- en las caminatas en los pasos de montaña, atentos a evitar la guardia y listos para intercambiar balazos.

Los contrabandistas vigezzinos han dado vida a historias “de amistad y odio, solidariedad y traición, heroísmo y vileza, perdón y venganza”, según ha escrito Alberto Sinigaglia en el prefacio del libro de Benito Mazzi, En el sol zíngaro, dedicado a los contrabandistas de esta tierra avara, patria de “vidas desventuradas, con el hambre que muerde las vísceras y empuja al riesgo”.

Hoy el hambre de los vigezzinos es un recuerdo lejano, el bienestar interrumpió la hemorragia de la inmigración y el desarrollo turístico los ha definitivamente rescatado del aislamiento, condición que fue el motivo por el que se contruyó este ferrocarril.

El proyecto se remonta a finales del siglo XIX, pero fue finalmente inaugurado en 1923, cuando las primeras locomotoras arrancaron furiosamente lanzando en el cielo terso nubes de vapor cándido como las nieves de las cimas.

En los últimos años, los trenes que suben hacia Suiza ofrecen diversas posibilidades de paseos turísticos, unos alcanzan los campos de esquí: bajando del tren en Santa María Maggiore se puede llegar a las pistas mediante un espectacular funicular panorámico, mientras en el valle permanecen los apasionados del esquí de fondo.

Muy cerca está Crana, donde no se puede perder la ocasión de visitar el pequeño barrio donde se fabrica el renombrado jamón de Pierino Bona: el jamón vigezzino de montaña que tiene ese perfume tan particular, ligeramente ahumado al enebro.

Otros olores impregnan el ambiente: pasto y abono que proviene del excremento del ganado. Cuando llega el invierno, los animales son huéspedes de los bosques. Al sobrepasar el puente de Ribellasca se deja atrás la frontera con Suiza, allí se encuentra Camedo, separado por una profunda garganta que señala el horizonte. Los tiempos de los contrabandistas ahora ya son lejanos: nadie pregunta al viajero por sus documentos, no existen controles, y aunque el conductor de este ferrocarril se asoma a su ventana para saludar a eventuales aduaneros; ellos nos ignoran.

El viaje continúa para extasiarnos la vista con las espectaculares gargantas de las Centovalli y sus viaductos en hierro; pasando Tegma rozamos el cementerio: aquí está la tumba de una de las escritoras que más amo, Patricia Highsmith, autora de novelas memorables (...)

Finalmente llegamos a Locarno. El lago Maggiore lame la plaza en la que tiempo atrás se dejaban las barcas con dificultad. En las mesitas del bar, sorbían Capiler –bebida a base de capelvenere y un chorrito de licor- personajes como Michail Bakunin, además de artistas, escritores, poetas y músicos, desde Leoncavallo a Rilke, Remarque a Fromm, Paulette Godard, Max Frisch y Hermann Hesse -extranjeros o autoexiliados- que hicieron de esta zona lugar de reencuentro; aquí se reunieron intelectuales muchas veces expulsados de su propia tierra o que simplemente buscaban quietud.

A finales del siglo XIX, Suiza, y en particular, el Cantón Tesino, se convirtió en refugio de pensadores, muchos de ellos anarquistas perseguidos en sus países de origen, hombres gentiles que amaban las artes y las ciencias y mujeres propulsoras de los ideales de la liberación femenina. Si todavía hoy esta singular región donde se hablan lenguas diversas se precia de ostentar una tradición de tolerancia y apertura mental, seguramente lo deba por demás a la presencia de tantos libertarios que dejaron una huella profunda en su cultura. Luego de una pequeña caminata se alcanza el “vaporetto” para hacer un paseo sobre el lago. Se escucha un grito: “Uhe, Pepín. Vien a laborar, lazarón!” (Vente a trabajar, sinvergüenza!).

El anciano Pepín responde con un gesto divertido a su amigo y colega: un africano con un improbable acento tesiniano. Sobre la apacible Locarno flota el recuerdo de los emigrantes de ayer y el trabajo de los inmigrantes de hoy.

(Artículo publicado en febrero de 2009, sección Viajes, en El Nacional, Caracas, Venezuela)